Hay películas que regresan a los cines para celebrar un aniversario y otras que regresan porque todavía tienen algo que decir. «El laberinto del fauno», dirigida por Guillermo del Toro, pertenece claramente al segundo grupo. Su reestreno vuelve a poner frente al público una historia que, casi dos décadas después de su estreno, continúa provocando preguntas sobre la infancia, la violencia y la necesidad de escapar de una realidad insoportable.
A primera vista, la película parece construida alrededor de un mundo fantástico. Hay un fauno, hadas, criaturas monstruosas, un laberinto y pruebas que una niña debe superar. Sin embargo, uno de los aspectos más interesantes de volver a verla es descubrir que la fantasía no necesariamente representa un lugar separado de la realidad: muchas veces funciona como una forma de procesarla.
El laberinto del fauno no trata realmente de escapar
La historia sigue a Ofelia, una niña que se traslada con su madre a un lugar rural durante la España franquista. Allí conoce al misterioso Fauno, quien le revela que podría ser una princesa de un antiguo reino y le encomienda tres pruebas.
El contexto que rodea esas pruebas es mucho menos mágico. Ofelia vive junto a Vidal, un capitán franquista obsesionado con el control, el orden y la obediencia. Mientras él persigue a los rebeldes que se esconden en los bosques, la niña construye una relación cada vez más intensa con el mundo fantástico.
Aquí aparece una lectura que puede cambiar por completo la experiencia de la película: el verdadero conflicto de Ofelia no es decidir entre el mundo real y el fantástico, sino encontrar una manera de conservar su propia identidad dentro de un entorno dominado por adultos que quieren decidir por ella.
La fantasía se convierte entonces en un espacio donde las reglas no son necesariamente las mismas que las de Vidal. Ofelia puede hacer preguntas, tomar decisiones y enfrentarse a pruebas que tienen consecuencias.
La película cambia cuando dejas de mirar al monstruo
Uno de los grandes aciertos de Guillermo del Toro fue no limitar los monstruos a las criaturas fantásticas. La película contiene seres sobrenaturales inquietantes, pero también presenta una forma de monstruosidad completamente humana.
El Hombre Pálido es probablemente la criatura más recordada de «El laberinto del fauno». Su diseño resulta aterrador incluso antes de que comience la persecución, pero su escena también puede leerse como una representación del abuso del poder: un personaje rodeado de comida que no puede ser disfrutada por nadie más y que castiga a quien desafía sus reglas.
Frente a él está Vidal, que no necesita maquillaje ni efectos especiales para resultar aterrador. Su violencia es cotidiana, calculada y reconocible. Esa diferencia es fundamental para entender la película: Del Toro utiliza la fantasía para que el espectador pueda mirar de frente una violencia histórica que, presentada únicamente como realidad, podría resultar todavía más difícil de procesar.
Por eso, al volver a verla, quizá el monstruo que más pesa ya no sea el que vive debajo de la mesa.
Ofelia también está aprendiendo a decir que no
Otro detalle que adquiere una dimensión diferente con los años es la relación de Ofelia con la obediencia.
Durante toda la película, los adultos le dicen qué debe hacer. Su padrastro exige disciplina. Su madre intenta protegerla, pero también le pide que acepte las circunstancias. El Fauno, por su parte, le asigna misiones y espera que las cumpla. Incluso el mundo mágico tiene reglas.
Esto hace que las pruebas de Ofelia sean más interesantes de lo que parecen. La protagonista no está simplemente intentando convertirse en princesa. Está intentando descubrir qué decisiones puede tomar por sí misma.
La película establece así un contraste muy poderoso: Vidal cree que obedecer es la máxima virtud, mientras que Ofelia descubre que hay momentos en los que desobedecer puede ser la única manera de actuar correctamente.
Ese tema explica parte de la vigencia de la película. Aunque la historia está situada en la España de la posguerra, el conflicto emocional de una persona enfrentándose a una autoridad que considera injusta sigue siendo reconocible.
El fauno no es necesariamente el héroe
El título puede hacer pensar que el Fauno es una figura protectora, pero Guillermo del Toro evita convertirlo en un guía completamente confiable.
El personaje es misterioso, cambiante y, en determinados momentos, incluso amenazante. Sus instrucciones pueden parecer contradictorias y sus pruebas no siempre tienen una lógica evidente para Ofelia.
Esto es importante porque impide que la fantasía funcione como un simple refugio perfecto.
El mundo fantástico también exige sacrificios. También tiene autoridades. También tiene consecuencias.
La película, por lo tanto, no presenta la imaginación infantil como un lugar donde todo está bien. La presenta como una herramienta para interpretar un mundo que muchas veces no tiene sentido.
El laberinto representa mucho más que un lugar mágico
El laberinto es uno de los símbolos centrales de la película porque representa un espacio de transición. Ofelia entra en él cuando necesita respuestas y sale transformada después de enfrentarse a diferentes pruebas.
Pero el laberinto también puede entenderse como una representación de la propia situación de la niña. Está atrapada entre dos mundos, entre la infancia y una realidad adulta marcada por la violencia.
La estructura circular del laberinto refuerza además una sensación de repetición. La historia de los personajes ocurre dentro de un país que intenta avanzar mientras todavía está atrapado en las consecuencias de una guerra y una dictadura.
Por eso, regresar a «El laberinto del fauno» en el cine no significa únicamente reencontrarse con sus criaturas. Significa volver a entrar en ese laberinto y descubrir que algunas de sus preguntas siguen sin tener una respuesta sencilla.
¿Por qué vale la pena verla otra vez?
El reestreno ofrece una oportunidad que el streaming no siempre proporciona: ver la película rodeado de otros espectadores y experimentar en pantalla grande el diseño de producción, la fotografía y los efectos prácticos que construyeron su universo.
Pero existe otra razón para volver a ella. El laberinto del fauno es una película que cambia dependiendo de la edad con la que la mires. De niño puedes identificarte con Ofelia y maravillarte con las criaturas. De adulto probablemente prestes más atención a Mercedes, a la violencia de Vidal, a la situación política y a las decisiones que toman los personajes.
Esa transformación del espectador es quizás una de las mejores razones para explicar su permanencia.
Casi 20 años después de su estreno, la película de Guillermo del Toro demuestra que una obra puede pertenecer simultáneamente al cine fantástico, al drama histórico y al relato sobre la infancia sin quedar completamente definida por ninguno de esos géneros.
El verdadero laberinto no está solamente debajo de las ruinas donde Ofelia encuentra al Fauno. Está en la forma en que la película obliga al espectador a decidir qué creer, qué interpretar y, finalmente, qué significa realmente escapar.
